SANTO DOMINGO.- La suciedad de la ropa, que se ve desde lejos y la tristeza que le brota del alma, es la impresión que tenemos de Amalia. Una hermosa mujer, de pelo largo y lacio, como aquellas indígenas de la colonización.
Empañada por la soledad y el desaliento, su penosa historia comienza en una fiesta, donde conoció a un muchacho.
Esta mujer vaga hoy por las calles de San Juan Bosco como cualquier prostituta, con un bebé en el vientre y una adicción a las drogas que le hace perder la razón.
Amalia no sólo se encuentra embarazada sino que ya es madre de Gunter, un bebé de ocho meses, de quien se encarga la abuela.
Cualidades
La existencia de esta mujer no siempre fue tan miserable y vacía, pues tenía todas las cualidades para ser una persona de éxito.
Sus condiciones de vida eran privilegiadas. Vivía en la calle Abraham Lincoln, justo ahí, donde actualmente, se destaca un letrero gigante que dice: “Arte San Ramón”.
Es hija del escritor Carlos Acevedo y sobrina de uno de los ex encargados del grupo deportivo del Escogido.
Su familia “aparentemente” estable no es una familia grande como para culpar a alguien por no darle tiempo o educación. Sólo tiene un hermano y una hermana, quienes, a diferencia de ella, ejercen sus carreras con respeto y dignidad.
Resulta increíble pensar cómo el amor de adolescentes hace perder la razón. Amalia lo tenía todo: dos carros, fue subgerente de la Curacao y relacionista pública de Ray Muebles. Sin embargo, la ilusión de una pasión le hizo dejar atrás todas sus comodidades y comenzar una nueva vida.
Fue en una fiesta donde se enamoró perdidamente de un hombre de Don Bosco, sin pensar que su enamoramiento troncharía sus sueños.
Ese joven la sedujo y envolvió en un mundo de adicciones. Él es y era un consumidor de drogas compulsivo, a tal grado que ya ella fábrica su propio crack para calmar su ansiedad y satisfacer su vicio frente a los estupefacientes. “Amiga, dame pa´comer, no tengo na´ en el estómago”, es así como Amalia pide para saciar su hambre.
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