martes, 7 de octubre de 2008

Las tijeras de la vida

Arlene Reyes Sánchez

El frío y la oscuridad son característicos de zonas del Polo Norte donde viven Marianela, María, Marisol, John, Juan y Pepe, jóvenes acomplejados por los desafíos de inestabilidad, propios de la juventud.

El sexteto contempla la noche, con sentimientos vacíos, sin sueños ni ilusiones. Cada uno a la espera de aquel príncipe azul o aquella reina que robe sus anhelos y les haga suspirar.

Intranquilos, sin motivaciones, sin un norte ni un horizonte, se traduce la existencia de estos chicos.

“Quisiera encontrar a un hombre que cabalgue en un caballo blanco, que sea alto y con ojos verdes como la esperanza”, palabras como éstas pasaban por la mente de cada chica. Mientrás que los chicos esperaban la llegada de hermosas princesas.

El tiempo pasaba y Marianela, María, Marisol, John, Juan y Pepe se consumían en la tristeza, no les apetecía comer, no disfrutaban salir a pasear, no querían estudiar, simplemente, sus párpados transportaban, a quien les veía hacia un mundo de desilusiones y falta de entusiasmo.

Una mañana de invierno deciden luchar por su vida, iniciar un nuevo proyecto y crearse esperanzas, entendiendo que el vivir no es un cuento de hadas, es sólo la razón necesaria para comprender que hay que ponerle corazón a lo que se hace.

A las 5:00 de la tarde, Marianela, María, Marisol, John, Juan y Pepe están en la universidad. Comienza a llover, los profesores deciden despachar a sus alumnos. Y es al salir del aula que sus ropas, sus cuerpos y sus caras se dejan seducir por la frescura del agua invernal.

Allí, en ese escenario, ven llegar un carro blanco, del cual salen tres hombres de gran estatura y ojos verdes como la tierra fértil. Se les ve acompañados de tres hermosas doncellas. Cual si fuera su tabla de salvación buscan una empatía con el recién llegado grupo que no la encuentra. La indiferencia de los recién llegados suma otro malestar a su de por sí acomplejada existencia.

De repente, y como si se deshiciera de un velo invisible que mantenía a los miembros del grupo en una completa ceguera. Mariela, María y Marisol vieron por primera vez a John, Juan y Pepe. Aquel muro de costumbres, amistades, ratos de ocio, conocimientos superfluos y todas esa marañas que se va enredando durante toda una vida, cayeron.

Se tomaron de las manos y con las miradas se prometieron la eternidad. Un beso, que separó a cada pareja del grupo, les ayudó a zurcir esos prejuicios, conscientes e inconscientes cortados por las normas sociales y códigos fantasmales con las tijeras de la vida.

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