martes, 7 de octubre de 2008

Bajo los caprichos de cupido

Arlene Reyes

Dicen que las chicas bellas nunca sufren por amor, pero cuán equivocados y prejuiciados están los que aceptan este enunciado como dogma. Micaela, una mujer optimista, con metas fijas y muy hermosa, sabe bien lo que es vivir arropada por el manto gris de esta irrealidad.

Desde hace algún tiempo está enamorada de un hombre cinco años mayor. Se siente frustrada y entristecida, lo que podría ser una novela rosa, con final feliz y maquetado, lleva la marca del fracaso. Cada uno lucha por un proyecto de vida distinto, que no puede ser enlazado ni por el milagroso "Te amo".
Al anochecer, Micaela decide salir a pasear con sus amigas para dejar a un lado a ese sentimiento díscolo, culpable de tantos dolores de cabezas y lágrimas innecesarias. Mientras conversa con una de ellas y juega a ser feliz se acerca un hombre alto, con cabellos negros como el azabache y quién luego le comentaría que lleva por nombre Wilkins, la seduce con la mirada.

- ¡Hola! ¿Qué tal?,
-Bien gracias, contesta Micaela.

Ella observa su sonrisa perfecta, él la escanea con la mirada. De repente la melosa voz de Juan Luis Guerra se apodera del ambiente y como si fueran por una fuerza mayor, ambos salen a la pista a bailar.

"Y qué importa, si en mis sueños no te encuentro, este amor que llevo dentro, no se tiñe, no se borra.

Y qué importa, que ahora viva en tu cintura como ola sin espuma, recorro el mar de tu cuerpo.

Y qué importa, si al final lo ocupas todo y me entrego a tu simiente y te entregas como siempre"…

Las letras y la melodía seducían los sentidos de estos dos seres con mundos distintos pero con grandes afinidades personales.

El tiempo corría, la química aumentaba y todo parecía ir a la perfección. Al terminar la noche hubo intercambio de teléfonos. Nace la esperanza.
Micaela decidió vivir la noche a plenitud, sin importarle el mañana, si la llamaba o no, su único propósito era entender cómo a través de un nuevo sentimiento podríamos encontrar la cura para enfrentar el dolor del alma.

En la mañana, aunque le fue difícil de creer, ¡el número de Wilkins era el que se visualizaba en la pantalla de su celular! Nerviosa y feliz, pero insegura por lo que se veía venir, tuvo miedo y dudo mucho antes de dar un segundo paso.

Sin embargo, corrió el riesgo, reanudaron las salidas. Un día, envueltos por una destellante pasión, a borbotones brotó ese amor que la física no pudo controlar y la química hizo explotar entre caricias, calor, locura, sexo, cuerpos sudorosos y besos, muchos besos.

Nada podía ser más perfecto. La felicidad impregnaba el aire, la comida… La vida. Pero pronto comprendió que no todo es color de rosas.
La magia interior continuaba, pero el cariño y el afecto disminuía por parte de Wilkins. A sangre y fuego aprendió y tuvo un buen maestro que le enseñó que las cosas que se apresuran se dejan de atesorar fácilmente. Pero le quedó el agradable sabor de entender que no hay un momento, un día ni una hora para empezar a amar sin control, sin medidas.

Y, aunque parezca o suene absurdo, esta mujer, hoy, vaga sola por las calles, sin encontrar el consuelo esperado. Wilkins se fue de su lado. Pero finge ser feliz, esto le ha permitido asumir que el amor puro y sincero sólo se vive en libertad.

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